11 abr 2018

Unión de gorrones (UE) y prestamistas (Eurozona)

Es necesario contar con unas políticas de gastos y de ingresos públicos a escala europea que legitimen la nueva UE ante sus ciudadanos, como escudo protector ante las tendencias que alimentan la globalización cosmopolita de las élites mundiales
En su discurso de agradecimiento del premio Hannah-Arendt el pasado diciembre, el filósofo Étienne Balibar discrepaba del actual proyecto franco alemán de reforzar el núcleo europeo por aquellos países que acepten dedicar una mayor parte de sus recursos a los fondos comunes del presupuesto europeo y con una disciplina reforzada de deuda pública.
Un proyecto de geometría variable del que se distanciaba por, en su opinión, no cumplir cinco condiciones políticas que debieran ser la base de una necesaria refundación del proyecto europeo.
 
Entre esas cinco condiciones señalaba la reducción de todas las formas de desigualdad así como la necesidad de dotarse de poderes colectivos supranacionales eficaces contra la evasión fiscal. En definitiva, políticas de gastos públicos y de ingresos públicos a escala europea que legitimasen la nueva UE ante sus ciudadanos, como escudo protector ante las tendencias y conflictos que alimenta la globalización cosmopolita de las élites mundiales.
Gorrones: ¿fondos comunes o ingresos europeos?
Una política de ingresos y gastos públicos a escala de la UE –como la que parece tener en mente Balibar- tiene muy poco que ver con la idea de que cada Estado aporte más recursos al presupuesto europeo.
En este sentido, he analizado no hace mucho tiempo (con Santiago Lago) lo que en la actualidad aporta cada Estado al presupuesto común. Nos encontrábamos con tres anomalías: que el resultado agregado es ridículo para una estructura cuasi federal con moneda propia (un 1% del PIB europeo), que lo que aporta cada Estado nada tiene que ver con su nivel de riqueza y que no existen ingresos públicos europeos de entidad, pues casi todos los recursos son cedidos por los Estados.
En una gráfica, que reproducimos aquí, visualizábamos la segunda anomalía. El lector puede comprobar cómo dos países con semejante nivel de riqueza aportan un 0,9% o un 1,2%; y, al mismo tiempo, que países por debajo del 80% de riqueza media de la UE aportan porcentajes superiores a países que superan el 120% de riqueza media.
Una estructura de ingresos plagada de gorrones que aportan igual (o menos) que otros socios menos ricos. Y que sobre la base de ese gorroneo a los fondos comunes capturan, en la unión de mercado resultante, unos superávits comerciales multimillonarios (como sucede con Alemania, Bélgica o los Países Bajos).
Para corregir dicho gorroneo, no se trataría tanto de que algunos países aportasen más a unos fondos comunes que seguirían siendo regresivos, sino de contar con ingresos propios europeos que tuviesen un carácter progresivo (basados en figuras impositivas para las que las bases imponibles de los países más ricos aportasen más ingresos en relación a su PIB que en los menos ricos).
Defendíamos un tramo del Impuesto de Sociedades gestionado a escala de la UE (con otro tramo mínimo obligado para cada Estado y para así evitar competencia fiscal) entre otras opciones (IVA europeo, transacciones financieras, etc). Propuestas que no solo garantizan un fuerte (y progresivo) impulso de los ingresos públicos europeos (no cedidos por los Estados) sino que, al tiempo, necesitarían de un andamiaje institucional que dificultase la actual tela de araña intraeuropea de evasiones fiscales.
 
Por su parte, T. Piketty propone avanzar en una imposición global, sobre el capital y el patrimonio, que permita redistribuir la riqueza y las rentas que la megatécnica concentra en cada vez menos manos, y que se sustraen de los ámbitos estatales de recaudación. En El capital en el siglo XXI (2014) defiende para ello un impuesto mundial progresivo sobre el capital (por encima de un millón de euros) que, junto a los recursos del tramo del impuesto de sociedades europeo, podría estar asociado a una prestación por desempleo europea o a una renta de mínimo vital contra la pobreza extrema. Un impuesto que, para empezar a escala europea y con tipos inferiores al dos por ciento, en sus estimaciones arrojaría una capacidad recaudatoria por encima del actual presupuesto europeo (con un 2% PIB de la UE).
Por ambas vías se podría afirmar que la UE contaría por primera vez con recursos fiscales propios (hasta ahora son básicamente cedidos por los Estados), y que dichos recursos tuviesen carácter progresivo (frente a la arbitrariedad actual del esfuerzo realizado por cada Estado mienbro respecto a su PIB). Recursos que duplicasen o triplicasen los actuales fondos cedidos, permitiendo en consecuencia financiar políticas sociales (desempleo o pobreza) que se enfrenten a los shocks cíclicos, y asimétricos, de los mercados.
Que, en suma, en su forma de recaudación y en sus programas de gasto concretasen un mensaje inequívoco del carácter de la nueva UE a la ciudadanía europea.
Prestamistas y deudores: ¿disciplina para quién?
La bola de nieve de gastos fiscales (gorroneo interno) y de rescates de deudores privados más el pago de intereses (a prestamistas temerarios) ha ido generando un volumen de deuda pública galopante –y asimétrico– que, pese a ser impagable, condena a interminables recortes de servicios públicos en países obligados a atender a los intereses acreedores.
También coloca a esos países a los pies de los caballos de la prima de riesgo (respecto del bono alemán como paradigma del prestamista), y ha obligado al BCE a mutualizar por la puerta de atrás buena parte de dichas deudas con compras masivas en los mercados secundarios para evitar la expulsión de los mercados financieros. Compras que para el caso español habrían alcanzado los doscientos mil millones a mediados del pasado año.
Mientras todo esto sucede en la eurozona de los prestamistas, y mientras no pocos países tienen que destinar a pago de intereses –para refinanciar la deuda que va venciendo y los nuevos déficits– lo mismo que gastan en sanidad (caso de España), otros países se permiten ingresar dinero a cuenta del que quiera comprar su deuda (caso de Alemania). Esta es la situación en época de vacas gordas con tipos de interés rondando el cero, imagínense ustedes que regresamos a una fase “normal” de tipos de interés.
La eurozona de los prestamistas (como sucedía con la UE de los gorrones en el apartado anterior, con la que en más de un caso coincide) nos conduce bien a un abismo social al que ya se asomó Grecia, o bien a una devaluación interna (laboral y social, en Portugal o España) que iguala por abajo el deterioro, la precarización o los mini-jobs; presionando a la mercantilización monetaria y exclusión social de servicios que estaban fuera del mercado.
Y por si todo lo anterior fuera poco, conviene recordar aquí que una de las formas más eficaces de reducir para el deudor el peso de la deuda (aunque para el prestamista sea al revés) sería el anotar una inflación por encima del 2%. Y aunque el BCE tiene esa referencia como único objetivo (lo que excluye todo lo relativo al empleo como en los EE.UU.), lo cierto es que la ha incumplido sistemáticamente en los últimos años como bien se observa en el siguiente gráfico. Y debe recordarse también que prestigiosos economistas han defendido que dicho objetivo debiera elevarse para situarse por encima del 2%.
En su conjunto, cabe decir que la disciplina exigida a los deudores convive con la indisciplina de los prestamistas (pues nadie los obligó a serlo, menos sin asumir riesgos y menos aún a ignorar el mandato de inflación del BCE). Indisciplinas disculpables para unos y disciplinas obligadas para otros.
Conclusión
Para superar una moneda que se gestiona así, es necesario que el BCE cumpla su mandato de inflación al menos igual al 2%, que modifique sus estatutos para incorporar el empleo como un objetivo central y que pueda comprar deuda soberana europea en el mercado primario. Para lo cual es imprescindible que el Tesoro de la zona euro tenga una dimensión triple de la actual como se propuso en la primera parte de este análisis.
Todo lo que precede son herejías para el ordoliberalismo extremo del Bundesbank y para la cibernética económica que profesa su actual presidente Jens Weidmann, del que se habla como próximo presidente del BCE (un Bundesbank Central Europeo en vez de una Reserva Federal norteamericana), cuando dice: “Hemos procurado que las políticas económicas nacionales queden deliberadamente expuestas a la tutela normalizadora de los mercados financieros, y no queremos que las intervenciones del BCE relajen esta sana disciplina bajando artificialmente los tipos de interés”.
Pero escapar de esa tutela no es antisistema: es justo lo que hace el banco central de una unión como los Estados Unidos. Eso, y rendir cuentas de sus actividades a un Parlamento soberano de la Unión. Lo que a su vez obligaría a que el Parlamento Europeo y la Comisión no sean de cartón. Pues a día de hoy el auténtico poder está en órganos a-democráticos (federalismo ejecutivo se le ha llamado) como el Consejo de la UE o el del BCE.
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Albino Prada. Autor de “El despilfarro de las naciones” (2017) (Clave Intelectual).

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