En su último artículo publicado, el compañero Antonio Maestre radiografiaba a través de su barrio de toda la vida una realidad que se extrapola a todo el territorio nacional y que ha acabado por convertirse en un problema tan serio como poco analizado.
Pertenezco a una generación que pasó la adolescencia viendo cómo aparecían de la nada los primeros locales de apuestas deportivas. Hasta entonces, lo más parecido era la mítica quiniela que echaba, como es mi caso, cada sábado con mi padre. Recuerdo la primera sala de apuestas. Hacía esquina en un pequeño centro comercial de mi vecindario. A pesar de ser una actividad no permitida para menores de edad, ese no era un impedimento si mostrabas interés. Podías pedirle al colega de turno que fuera mayor de edad que apostara por ti o, si tu apariencia te lo permitía, entrar tu mismo e intentar que no te pidiese el DNI confiando en que tu aspecto de persona ya adulta le resultara suficiente. Todos mis amigos y conocidos iban allí casi a diario de manera religiosa. Al principio solo apostaban sobre fútbol o baloncesto, que es lo que conocían. Más tarde, ya daba igual la modalidad o el tipo de deporte, lo importante era jugarse unos euros para conseguir unos cuantos más. Al final, yo también caí. Tenía 17 años. Si veías que tus amigos ganaban dinero con tanta facilidad y encima parecían pasárselo bien, ¿por qué no ibas tú también a formar parte de eso? No duró mucho mi idilio con el azar, motivado más bien por la curiosidad, pero suficiente para darme cuenta cuán poco saludable era. Actualmente, la mayoría de mis amigos no han abandonado el hábito. Apuestan varias veces a la semana y, aunque no consideran tener un problema con el juego, sí reconocen que les produce un constante estado de tensión.

Por otra parte, la irrupción de la era de lo digital está provocando que no sea necesario visitar estos lugares físicos. Ya no hace falta moverse ni de casa ni del sillón para ver esfumarse tu dinero. Son decenas las aplicaciones de apuestas que puedes descargarte en el móvil para, a través de unos pocos clics, poner tu dinero en manos de unos desconocidos que no son conscientes ni les importa cuánto dinero has depositado a cambio de sus actos. Una especie de fast food del azar más enfermizo.
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